Otra vez esa sensación de desaparecer, de incendiar el pasado, el presente y todo lo que lo rodea. De dejar de perseguir ideales, sueños y esperanzas. Quizás es mejor aceptar que lo que hay es esto, y dejar de sobreanalizarlo todo, de querer encontrarle la vuelta, de querer mejorarlo al menos. Aceptar, una palabra que parece simple de razonar pero es tan difícil de ejecutar desde lo emocional. Porque una parte nuestra siempre cree que hay algo que se puede cambiar, y en esa sensación dejamos de aceptar porque ya tenemos puesta la mira en lo que viene, en lo posible, en la expectativa. Y la expectativa es lo que lo mata todo, lo que deja cenizas incluso antes del incendio.

Si lo pienso, todas las veces que me sentí sorprendido y disfruté del momento absorbiendo todo lo que venía en él, fue en momentos donde no esperaba nada de esa situación. Donde la expectativa no existía. Donde iba con poco en mi mochila, con lo mínimo que tenía para dar, pero presente en ese momento. Y fue ahí, en ese no esperar, en ese no querer, en ese desdibujado yo... donde me encontré con el que siente, con el que quiere, que es querido, con el que sí quiere emocionarse. Pero parece que no debe desearlo, porque cuando lo hago todo el castillo de naipes se derrumba con un mal paso, una palabra a destiempo o un desaire.

Quizás es por eso que últimamente voy al cine sin ver ni siquiera un trailer, no quiero ni leer la sinopsis. Voy a ver con qué me encuentro. Y cada vez que lo he hecho, he salido con algo a cuestas diferente a cuando llegué al lugar. Aún sin haberme gustado la película.

¿Puede que esa sea una certera metáfora de cómo habría que vivir la vida?. No lo sé, cada día que creo que sé algo la vida me demuestra que no tengo ni idea, y que a lo mejor debo dejar de preguntarme tanto y de ir a donde me lleve el impulso de sentir.

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