No soy de hacer balances de cumpleaños, ni esto lo es. Pero llevo unos días muy emotivos en los que me he sentido con mucha gratitud por las personas que me rodean y, sobre todo, por haber generado esos vínculos. Pero más importante aún, por mi mismo.

Porque entre tantos cambios que estoy atravesando he podido encontrarme a mí detrás de los miedos, de las angustias, de las indecisiones y de la tristeza. Y me sorprendo haciéndolo, porque siento que me había dejado de lado en el camino, y en todo el proceso había dejado de ver en mi lo que valgo, lo que siento y lo que quiero para mi vida.

Y si bien se me escapan las lágrimas mientras lo escribo, son llenas de amor y de orgullo. Y no me avergüenza sentirlo. Ni compartirlo. Ni exponerme. De qué vale sino la experiencia de sentir tanto.

Así que ahí sigo, en el camino irreversible de volver a mi, a quien soy. A ese que se despertaba en la mañana contento de saberse vivo. Con sus faltas, con sus errores, sus aciertos. Con todo lo que nos hace ser nosotros. Que al final, es lo que más necesitamos.

Estar en paz con el reflejo que nos devuelve el espejo.

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