De todas las cosas que logro dilucidar de mi pasado, me recuerdo más soñador, más iluso, inocente. Eterno creyente de los sentimientos, de la gente que se queda con vos charlando de cualquier cosa. De esos minutos aletargados en el tiempo sin prisas, sin otras urgencias, sin el automático impulso de chequearlo todo en las redes antisociales que nos apartan.

Hace mucho, podía quedarme observando la luna marcharse en medio de la noche sin otra razón más que ese momento.
Y a veces imaginaba que besaba tus labios inquietos de probar los míos, con mil dudas por responder y más abrazos por corresponder. Ahora no tenemos tiempo. El ritmo de la vida que llevamos nos invita a pasar rápidamente a otra tarea, porque queremos todo, sin saber que necesitamos mucho menos.

Miro tu foto, devuelvo una sonrisa, siento mi pulso acelerarse, recuerdo quedarme escribiendo en hojas de papel cuadriculado. La vida era más simple aunque la complicara en mi cabeza con dudas y preocupaciones. Todo se resumía a querer, a compartir momentos con los sentimientos ajenos y propios, a pensar tan solo en cuándo ver a la gente que me hacía bien. No había entonces ni presiones laborales, ni de salud, ni de formas de mostrarse en sociedad. Todo era puramente emocional, lleno de vida, de razones para levantarse de la cama y suspirar.

Caminar por la calle era contemplar el aire devolviendo caricias, quedarme colgado con una melodía en la cabeza, imaginando qué regalo hacerte para sorprenderte teniéndote presente. Ahora no imaginamos, no contemplamos, no analizamos. Solo leemos y escuchamos opiniones ajenas, como si tuviesen alguna verdad contrastable más que la propia experiencia.

¿Y si volvemos a lo ingenuo que era confiar en alguien más? ¿A la volátil imaginación de mundos abstractos pero llenos de intensidad? ¿A escucharte de verdad transportando tus palabras a mi inconsciente? ¿A equivocarnos más?.

Yo no quiero desprenderme definitivamente de aquello que me hacía sentir orgulloso. No quiero convertirme en una roca difícil de moldear para no perder el aparente control que lejos está de ser real. No quiero extinguirme entre deshechos. Quiero volver a llorar con una canción, a llamarte y decirte que te extraño, a soltar el lastre de tipo duro que un día se olvidó de su sensibilidad.

No dejemos que se apague la llama que nos quemó alguna vez por dentro.
Yo creo que siempre está ahí, esperando que nos acordemos de ella.

Y de paso de nosotros.
Ya es hora de soltar,
de reír,
de llorar,
de vivir.