Entradas



Extraño a mucha gente desde que me fui de Argentina. A mi mamá con sus locuras y su carácter, pero llena de dulzura y de energía. A mis amigos y los mates que entre juegos y risas con los hijos llenaban los pocos ratos de alegría que supe atesorar. A mi banda de blues, que estaba ya deshecha antes de partir, a Germán y Adrián viéndolos hacer lo que les apasionaba. No sé, cosas que tenían que ver con el contacto humano simplemente. Con el hacer algo con alguien más, daba igual qué. Si había ganas, buena onda, todo tendía a salir bien.

Hoy me veo más ermitaño, aún teniendo el mar a 20 minutos caminando, no voy a observarlo desde hace casi un mes. Y siempre soñé con vivir con el mar cerca. Sin embargo, la falta de trabajo, la lejanía de amigos, de familia, de todo lo que me era normal y conocido, hace que me encierre y no salga a mezclarme con el mundo.

Y mientras escribo estas palabras y asomo la cabeza por la ventana que entrega un Sol resplandeciente, mientras soy consciente de lo que digo, mis pies se paralizan y no me permiten moverme. Es como si toda la energía con la que llegué de repente se congeló, y yo también.

Los fantasmas de estar sin trabajo me recuerdan a mí mismo encerrado en cuatro paredes y sufriendo una de las peores depresiones que he tenido en mi vida. Y tengo miedo que me pase lo mismo. Pero ahora sin amigos cerca para enfrentar algo así. Y eso me aterra, porque me hace sentir solo aunque sepa que acá hay mucha gente que me quiere ayudar. No son los que dejé, no son los que me hacían sentir bien con sólo verlos y poner la pava para tomar unos mates.

Lloro, y hacía rato que no lloraba en mi vida, fueron tantos cambios que todas las cosas que sentí las metí muy dentro mío para que no me afecten, para que no me permitan dudar de nada de lo que hacía. Pero hoy esa fuerza con la que me enfrento decidió caer, y me encuentro en el blog como tantas veces pudiendo llorar mientras lo escribo.

Tití me mira con unos ojos atentos, porque incluso ella, mi perrita, se da cuenta que ya no sale conmigo tanto a jugar, ni a pasear, ni a disfrutar. Supongo que hacerlo me hace sentir culpable, por no estar trabajando, por sentir que envío muchos currículums y nadie me llama, por creerme que iba a ser más fácil. Entonces me niego a disfrutar de nada, porque esto no son vacaciones, es una nueva vida y siento que no la controlo. Que estoy perdido.

Pero como todo y como siempre, sé que esto va a pasar. Que es solo algo natural que me está pasando y que jamás experimenté. Dejar el país donde pasé toda mi vida y a las personas detrás de él. Y aunque me digan que internet acorta las distancias, lo hace, sí, pero nunca la voz del otro es tan real como cuando la tenés enfrente. Ni su abrazo puede materializarse a miles de kilómetros ni con toda la tecnología del mundo.

Hoy lloro pero es porque siento cosas, y eso me hace sentir bien. Porque hacía rato que no me dejaba a mí mismo expresar lo que me pasaba. Hace mucho que lo vengo postergando.

No hay que dejar que el miedo levante muros a los sentimientos. Ellos siempre, de algún modo, van a salir.

Bienvenidos sean a mí.