Acá seguimos con la catarsis, que parece no tener fin. Le he estado dando vueltas a todo y aunque a veces me juega una mala pasada la cabeza y sus interminables derrapes, en otras parece que lo tengo todo muy claro. Y que solo me falta mirarme en el espejo y decirlo.

Yo no sé si llamarlo soledad, o es una forma encubierta de desarraigo, pero siento que necesito cerca mío a todas esas personas que a lo largo de mi vida estuvieron ahí conmigo, que me vieron equivocarme, acertar, maldecir, soñar y tropezar. Que crecieron conmigo. Que me conocen en ocasiones más que lo me conozco a mi mismo.

Y es una gran impotencia sentir esto porque no hay muchos caminos que uno pueda tomar, es esa sensación que sabía de antemano de tener el corazón partido a la mitad, y que esas mitades estén a miles y miles de kilómetros de distancia.

Por momentos me siento alguien, por momentos me siento nada. Y es en ese debatirse entre el afecto y el desaire en que no me ubico, en que no recuerdo quién soy, quién fui o qué hay dentro mío. Como un desarraigo de mi propia existencia, como si me hubiera marchado de mi esencia y ya no encuentre el camino de regreso.

Y sí, sé que esto será parte de un proceso, que pasará, que lo veré con otros ojos, o que simplemente tiraré para adelante sin mirar atrás. Pero qué querés que te diga, no puedo parar de sentir en exceso y la única forma que conozco de exorcizar fantasmas es en esta verborragia de palabras que se me escapan una tras otra hasta aburrir.

Yo no quiero que esto dure para siempre, porque no quiero vivir en esta melancolía que hasta parece que me gusta. No, no me gusta, aunque me embadurne en ella. Pero siento que desde que perdí ese lazo invisible que me unía a toda mi gente, me perdí a mi también. Y no tengo claro cómo recuperarme.