Lejano Buenos Aires



Cómo ha ido cambiando todo desde entonces. Antes sabíamos detalles de la vida del otro, en esas charlas interminables por teléfono o con un mate de por medio. No nos alcanzaba el tiempo para dejar de preguntar, indagar en lo más profundo de los sentimientos, en reírnos por esa anécdota trivial que se volvía nuestro mundo.

Ahora no tenemos tiempo. Las conversaciones se han perdido en chats distraídos donde hablamos de todo y con todos, pero no sabemos nada de la otra persona. De lo que siente, del tono de su voz cuando nos lo cuenta, de su mirada que revela más que las palabras. De esa auténtica manera de sentir las relaciones.

Y si le sumo a esto el tener tan lejos a tantos seres queridos, todo parece volverse cuesta arriba.

Los extraño. Extraño compartir lo humano de sus cálidos abrazos, extraño el saberme completo por tener esa mesa chica que dicen los que me conocen, porque saben que es lo único que necesito. Extraño y me siento extrañado conmigo mismo, un poco vacío por estos días, inherte. Como perdido.

En esta ciudad, o país, no sé bien, las cosas son distintas. La calidez de las personas parece otra, más independientes, indiferentes. Y aunque siempre me quejé de lo metida que era la gente en Buenos Aires, al mismo tiempo esa actitud la noto más cercana, sensible. Siempre sospeché que Buenos Aires es una ciudad para extrañar, con un aire romántico a quien la conoce, pero difícil para quien la vive. Y ahora a la distancia de km y de tiempo todo eso parece diluirse.

Dicen que es difícil hacer amigos de grande, por las experiencias vividas, por el crecer con alguien más en esos momentos donde todo se vive con intensidad. Y puede que sea cierto. Pero también es difícil hacerlos si no sentís una conexión más allá del momento, si todo se reduce a dos preguntas casuales, a lo que está de moda hablar.

Vivir otra vez esas sobremesas interminables que calentaban el agua para otro termo de mate, porque lo que empecé a contarte aún te interesa más si hay un mate de por medio. Una simple excusa para alargar ese momento donde vos me decís lo que te pasa, lo que sentís, y yo te doy mini abrazos en forma de yerba y te digo que todo va a estar bien. Lo escribo y es como si lo estuviera viviendo ahora, y de repente me invaden unas ganas de teletransportarme y estar ahí en otro asado de domingo, en otra cena improvisada donde todos decimos que sí aunque lleguemos tarde y cansados.

Siempre he sido de los que en cada reunión que se hacía llegaba el primero. Y es que me encantaba compartir desde el principio lo que iba a ser una velada con gente que quiero. Ayudar en la preparación de la casa, o de la mesa, empezar con unos mates y ya iniciar la conversación sobre tu vida y la mía. Abrir la primer cerveza, sacar cositas para picar y ya sentarnos a esperar a la gente que falta entre risas y anécdotas. Siempre alguien sacando la guitarra, o poniendo música para ambientar el momento. Todo era perfecto. Aunque hubiera riñas y malos entendidos, aunque se acalore una discusión, al final... todos queríamos estar ahí. Juntos.

En este año y medio que llevo fuera, han venido amigos y familia a visitarme. Y qué lindo fue sentirse así de querido. Saber que a pesar de mis defectos, muchos, y mis decisiones inquebrantables todo se sigue reduciendo al mismo momento. A que no importa cómo seamos cada uno de nosotros, mientras lo que hay dentro sea bueno y sincero, el resto es sólo decorado. Sólo una infalible fórmula de querer parecer algo que estamos lejos de ser.

No podría estar más orgulloso de todos mis afectos, que son pocos, pero totalmente ciertos. Y también estoy orgulloso de mí, porque soy parte de ellos. Y ellos de mí. A pesar de los años sin tenerlos frente, al hacerlo parece que no hubiera pasado el tiempo, y las charlas necesarias sobre nuestras vidas y sobre la vida en general abriéndose camino. Y es eso, ese preciso instante, donde la amistad se hace más fuerte. Porque da igual si lo que se comparte es un mate, una cerveza o un vaso de agua. Lo único que importa es que estamos compartiendo la vida con el otro. Sin preámbulos.

Lo único importante es que sentimos.
Sentir.
Y sentir siempre es vida.

5 comentarios:

Mundo Aquilante dijo...

Sentir es estar vivo!
Me llegó, también viví fuera de bs as. y la he extrañado, bah, a los afectos más que a nada.

Adiós, me voy a alimentar al tucán

Mundo Aquilante!

A. dijo...

Qué bonito esto que has escrito, Ale.
Si, sé lo que es estar lejos de aquello que nos conforma, de nuestros seres queridos, de nuestro terruño... lo sé.
Pero tú lo dices tan bonito...

Un beso.

Cinthia dijo...

Ale,

Qué lindo encontrarte en éste mundo bloggero.
Me sentí en tus zapatos con tu escrito. Tenes una forma maravilosa de redactar lo que sentís. Y es que tu realidad, no está tan lejana a la mía.
Me vi reflejada en tus letras.
Extrañar también nos hace sentir vivos. Y creo que vos y yo, entonces, estamos más vivos que nunca.

Franco García Bailez dijo...

Cuanto hacia que no pasaba por acá, cuanto que no escribo.. Un abrazo Ale! Que andes bien!!

lopillas dijo...

Con agua no eh! jajajaja
Tengo a mi hijo fuera hace unos cuantos años ya y no sabes cuánto echo de menos nuestras tertulias. Con el móvil y las nuevas tecnologías en la distancia no es lo mismo, no.
Te mando un achuchón