Estos días fueron un lindo lugar de reencuentro. Conmigo. Con mis hijos. Con esa parte que a veces tiene prisas y en realidad no va a ningún lado. Que se llena de tareas y de estímulos, de quizás, de lo que no alcanzo, de lo que me falta. De lo que en realidad no quiero ni necesito.

Y no sé cómo, pero encontré en desconectarme un camino. Quitarme ese dispositivo que no para de notificarme cosas y que me generan más ansiedad que regocijo. Poder estar presente en lo que alguien me está contando sin girar mi vista a ese parpadeo. Quitarme la posibilidad de estar accesible para todo el mundo y estarlo para quien tengo enfrente.

Y lo mismo conmigo. Poder quedarme en silencio tomándome aquel café sin la necesidad urgente de taparlo con ruido, con noticias, con las prisas de alguien más.

Volvió a mi esa sensación que sentí hace años, cuando me fui 15 días solo a la costa sin internet. Ya el viaje en auto fue una delicia, sin horarios, sin streaming, solo con la música que había elegido conscientemente. Sacando la mano por la ventanilla y dejando que el viento la arrope. Parando donde me diera la gana, sin prisas por llegar rápido. Una especie de Elizabethtown pero en Buenos Aires.

Y los 15 días fueron puro disfrute. Hablando con desconocidos, sin matar el tiempo con nada más que lo que tenía a mi alrededor. Leer un libro, ponerme un disco, quedarme colgado mirando las olas mientras tomaba mate. Reírme con el delirio de ese grupo de amigos que fueron mis amigos por dos días. Quién diría que podría recordarlos, pero años después aún recuerdo sus ganas y su vibra.

Y todo eso pasó por quitar ese vicioso aparato que nos prometió conectarnos con el mundo y nos alejó de todo lo demás. Y eso pasó esta semana. Y a eso voy a apuntar, aunque será una tarea difícil por lo metido que ya está en nuestro día a día ese constante frenesí del mundo interconectado que hace tiempo dejé de disfrutar.

Quiero volver a encontrar al Ale que se emociona con el tipo que toca en la calle esa canción que me desarma, o que se siente pleno cuando tiene frente a quien le da su tiempo y su oído. Porque al final de eso se trata. De sentir y palpitar. Y yo ya me cansé de aletargar.

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