En escasas ocasiones intento recordar. Qué me desentrañaba por dentro en aquellos días en que vivir era simplemente respirar. A veces creo que estamos tan lleno de cosas, de distracciones, de sobreinformación, de posibilidades... que queremos hacer todo y dejamos todo a medias. Como si dedicarse de lleno a algo fuera perder el tiempo, como si estuviera descontando resto para lo demás.

Y lo que termina sucediendo es que nuestra vida pasa así, de esa manera. Fluyendo en la nada, queriendo estar en todos lados y nunca terminando de estar en ninguno. Pareciera que estuviéramos en una competencia, aptos para responder ante cualquier inquietud. Nos alberga la manía de saber de todo un poco, de tener respuestas, de no saber decir 'no sé'. Y me pregunto para qué. Cuál es la razón que nos hace despertar teniendo mil planes y a mitad del día no tener ganas de terminar ninguno.

Hacia dónde vamos. Con quién. Y por qué.

Me da la sensación de que estamos todos envueltos en pequeños momentos grandiosos que nos venden las películas y la televisión. Las redes sociales y la mirada ajena. Queremos destacar, de alguna manera, ya sea abriendo nuestro corazón para llamar la atención o siendo cordial con todos para que nos consideren buena gente. Nos da miedo quedar mal con alguien, no dar la talla, ser un intolerante social. Pero sin embargo siento que cada vez estamos todos más intolerantes. Absortos en lograr esos pequeños segundos de fama, inexistente, ridícula, interna. Porque nadie se percata de tus gestos ni tus abrazos, cada cual está con su propia historia de amor con final feliz en la cabeza.

Y mientras tanto la vida se derrumba por capa poro. Se desdibujan miles de rostros alrededor del mundo y nosotros envueltos en nuestras propias desgracias, que no son tales, que carecen de relevancia.

A veces me da miedo el mundo que nos rodea. Siento que hasta los buenos gestos son parte de una ficción, de una razón escondida, de algo a cambio. La benevolencia cada vez está más machacada y los pocos buenos que van quedando pierden la fe en la humanidad, una fe que en otro tiempo tal vez removía cielo y tierra. Una fe derrumbada por la realidad.

Pero, pero tal vez la vida habrá de renacer. Quizás un día el mundo implote de tanto ego y seamos capaces de ver al otro, al de al lado, al de la esquina... al que viene detrás. Quizás la gente se acuerde de mirar al cielo más de un segundo, y se entregue al silencio de un viento en una tarde de verano. Puede que un hombre trajeado se saque los zapatos y repose bajo un árbol, le ceben un mate y planee un viaje. Sin importar lo que viene después, sin pensar en las cosas que tenía pensado hacer con su día.

Tal vez algún día todos recuperemos nuestra humanidad, esa que pido a gritos hace tiempo que sea desenterrada. Y recordemos. Lo linda que era la vida cuando nos mirábamos a los ojos, cuando no desconfiábamos, cuando sentíamos al otro igual que nosotros. Sin mirarle la ropa ni la facha, sin siquiera interrogarlo sobre su vida laboral, amorosa y social.

No sé si ese día existirá otra vez. Sé que todos tienen la necesidad imperiosa de salirse de sí mismos y gritar bien fuerte, de exorcizar los problemas de la vida que impone la nefasta economía que gobierna a este planeta. Todos necesitamos recuperar la libertad, no la de hacer cualquier cosa, sino la de sentir que hacemos lo que nos gusta, lo que nos llena, lo que no nos da miedo perder. Hoy estamos todos con miedo, y eso es lo que más miedo me da. Que el mundo se aplaque en sí mismo y no sepa reaccionar.

A vos, quien quiera que seas, no te olvides de soñar. Y de seguir esa utopía que no persiguen los demás.
Palabras en el aire

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