Mientras hoy me despertaba, en medio de ese sueño cargado de desvelos, la lluvia repiqueteaba sobre la ventana de mi pieza. Era otro día gris, solo que este escapaba al fin de semana. Me levanté con las pocas ganas que me da enfrentar un día amargo y sombrío, con la poca voluntad de emitir una sonrisa a quien me cruce en el camino, con la poca algarabía de todos estos días.

Y salí, a tomarme el mismo colectivo de siempre, con las mismas caras, con el mismo desasosiego. Salí y me encontré solo en el asiento, como una eficaz analogía de este último tiempo. Estoy lleno de analogías últimamente. Y mientras la lluvia seguía lanzándose contra la ventana del colectivo, mi mirada se colgó de alguna nube negra. Y casi me pongo a llorar. Lejos de hacerlo, lancé la mirada al piso, tomé aire y suspiré. Casi como dándome por vencido, casi como evitando volver a alzar la vista. Otra analogía más.

En el mp3 sonaba la misma canción que me caracteriza en los días tristes, los mismos acordes, los mismos silencios. Y me puse a pensar en el rumbo que estaba teniendo mi vida, hacia dónde me dirigía. La respuesta fue simple, a trabajar. Pero la pregunta era más compleja y no tenía respuesta alguna, porque no había rumbo, porque hace rato que no lo hay.

Suelo entonar mis días cuando todo parece derrumbarse, suele aparecer en mi cielo una nueva estrella cuando se opaca el infinito. Pero a duras penas esa estrella resiste su luz un breve instante, tan breve que nunca la llego a alcanzar. Y cuando por algún milagro lo logro, ese brillo elige extinguirse, buscar otro cielo. Una nueva analogía.

Y me rindo. Una vez más me rindo, porque me parece imposible alcanzar un cielo que nunca está abierto para mí, que siempre me baja el telón en lo mejor de la historia. Entre todas esas historias que vivo con pasión pero que se esfuman con la realidad, porque es mentira que me pasen, porque es mentira que sea posible que yo sea el protagonista. O pareciera que lo soy, pero todas tienen final triste. Como un actor con malos libretos, mal dirigido, mal pagado. Analogía de la verdad.

Estoy cansado de las analogías. Cansado de creer en las oportunidades que no existen, que me tengo que inventar para no quedar enterrado en el fondo del abismo. Para creer que es posible otro cuento. No lo es, y de a poco el Ale que siempre sueña y aún cree deja de creer, deja de soñar y deja de respirar la vida.

Y tengo miedo, tengo miedo de perder lo único que me hacía sentir bien conmigo mismo. Esa capacidad de no rendirme ante tanta vacía realidad, de seguir intentándolo, de seguir quedándome enteramente vulnerable ante el cielo de turno. Pero lentamente, lágrimas y desalientos mediante, todo desaparece. Todo tiende a quedar en un recuerdo que nunca llega a convertirse en realidad siquiera. Todo queda en nada, y en nada quedo yo. Envuelto en ese vacío de no poder hallar bajo ningún pozo el tesoro que anhelo.

No importa ya. Nunca alcanza. Nunca me dan una buena mano, siempre barajan mal. ¿De qué modo le encuentro sentido a algo si nunca termina de existir, si siempre se queda en un deseo incumplido?. ¿En qué rincón escondo todas estas derrotas, todos estos fracasos?. ¿En dónde está la suerte de mi lado?. ¿Por qué se alejó?. ¿Por qué todo tiende a morir cuando quiero ser feliz?.

Analogías. Una vida plagada de ellas, una vida sin vida. Sin ganas. Sin vos.
Palabras en el aire

Comentarios