El mismo idiota de siempre. Con nombre y apellido. Con poco pelo, con pocas ganas, con mucha estupidez. Y el tiempo que debería demostrarme que siempre doy mal los pasos, no hace nada. Porque el tiempo nunca hace nada. Y yo, vagando entre los años, hago menos. Pero me queda la sensación de que es inconscientemente a propósito. Bueno, lo escribí hace unas horas acá mismo en el blog. No me permito.

Ahora, ¿cuál es el plan? ¿seguir con esta tristísima manía de darme la cabeza contra la pared? ¿hasta cuándo? ¿hasta qué?. Tengo un nudo en el estómago en este mismo momento, y mastico tristeza junto con bronca e impotencia. Y todo eso contra mí, todos esos putos sentimientos contra mi persona. Y ya estoy cansado de que alguien me diga que yo valgo, que no me doy cuenta de lo que soy.

¿No será que no se dan cuenta los demás?.

Preparo el equipo de música y pongo esas melodías instrumentales de Lost que me recuerdan capítulos y momentos exactos de mi vida. Milimétricamente opuestos a la ficción, porque son enteramente reales. Hoy me dijeron en el fotolog que tengo una sensibilidad aparte. Me lo dijeron como algo bueno, y siempre creí que era algo bueno, que era parte de estar en los detalles. En eso que nadie se fija.

Pero tal vez me equivoqué siempre en cuanto a eso, y esa sensibilidad aparte es la que me destruye. Porque estoy tan pendiente de los detalles que terminan convirtiéndose en mi peor tristeza. Y no es justo. No es justo para mi ni para nadie. Y tampoco es justo que no sepa salir de esta situación. ¿Por qué me empeño en salir mal parado en todas? ¿Por qué?.

Hace un ratito nomás un amigo me pregunta si estoy bien. ¿Qué le voy a responder? Si es más de lo mismo, más de la estúpida irrelevante tristeza que me envuelve una tarde cualquiera de un mes al azar. Qué me voy a poner a contar sobre lo que siento si siempre es una historia que termina antes de empezar. Qué me voy a contentar con que alguien me escuche si ya deben estar hartos de saberme triste sin saber por qué.

Y en el reloj dan las doce de la noche de un domingo de fin de semana largo. Mañana toca despertar y seguir en esta suicida terraza con dirección al vacío. Y para el lado que mire no veo más que silencio e infinito. No hay nada para mí mas allá de lo evidente. Ni siquiera yo mismo.

Esto me cansa. Esto, esto que estoy siendo ahora. Me agota, me asfixia, me deprime. Me hace tomar una decisión derrotista, me hace rendirme, me hace mal. Y no quiero que me haga mal, pero no sé gritar por ayuda. Y mañana con otro Sol tal vez el humor regrese a mi vida para quedarse por un tiempo. Hasta que otra noche sea como la de hoy.

Y es fija que va a ser así. Que alguien vaya hacia atrás en el blog y va a notar mi patrón de conducta, como bien me define un amigo. Hay una clara estructura de días de buen humor, y baches de tristeza absoluta y derrotista. Y siempre doy la misma explicación, con las mismas palabras, con la misma música. Después me encuentro con que alguien dice que escribo muy bien y yo me encuentro con que siempre escribo lo mismo. Y eso no es escribir bien. Y poco me importa escribir bien.

Ojalá ni tuviera que abrir este puto blog para largar esta rabia que tengo contra mí. Ojalá nada de esto fuera necesario. A veces quisiera no ser yo, no ser sensible ni detallista ni romántico ni cursi ni introvertido ni tímido ni tan cobarde. Cerrar los ojos y no despertar hasta que el espejo refleje a otro que no sea yo. Porque ya ni al espejo me puedo observar. Revisen el blog. Esto mismo ya lo escribí.

Entonces... ¿qué queda de todo esto? ¿una repetición constante de fracasos? ¿una farsa involuntaria de vida? ¿algo de mí?. ¿Qué queda de las personas a las que les hice bien? ¿a las que le hago bien? ¿le hago bien?. ¿Qué? ¿Qué mierda estoy esperando? ¿A quién le estoy hablando? ¿Quién está detrás de lo que siento si no quiero estar yo? ¿A quién le importa? A mí desde luego que no.

Palabras en el aire