Ayer te vi, y tu sonrisa me atravesó la fugaz noche de un soplo. Vestías sobre tus hombros las prisas de todos los demás, mientras te me ibas de la vista al pasearte entre las mesas. Era en el mismo espacio, pero en miradas distintas. Vos a los que sonreían con tus palabras, yo con tu silencio en mis oídos. Y acercarme a hablarte sería uno de esos impulsos que nunca llevo a cabo, que me paralizan hasta arrepentirme por estar ahí y no pedirte que te amoldes a mi forma.

Y vos, ignorante de todo aquello, sonreías y murmurabas. Quizás pensando en cuándo acabaría la noche, deseando que a alguien le importara qué harías después. Sin saber que estaba pendiente, en mi mundo callado, de tus próximos minutos. En los míos. En si fueran nuestros.

Mientras tanto la noche avanzó, y arrojó entre los dos una distancia irrevocable que no la derribaría ni las ganas ni las culpas por no animarnos. Por no probar. Por el miedo de que alguno diga que no, y el miedo aún mayor de que ambos dijéramos que sí.

Hoy ya es otro día, donde el Sol me despertó sin tu cara sobre mi almohada y sin mis brazos rodeándote. Pero con el dulce recuerdo de tu imagen despistando a la madrugada, y de mis ganas de despistarte a vos.
Palabras en el aire

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