La soledad, la soledad, la soledad. Me viene pasando desde hace un tiempo considerable que cada vez que estoy en una reunión con amigos, pasándola bien, riéndome, viendo cómo anda la vida de cada uno de ellos, siendo testigo de lo felices que se los ve con sus parejas... llego a casa y me entra una depresión atroz. Y la sonrisa con la que estuve toda la noche desaparece instantáneamente, casi olvidándome de lo feliz que fui hasta hace cinco minutos.

Será que veo cómo a medida que todos crecimos, la mayoría avanzó y yo me fui quedando. Y lo más doloroso del asunto es que cada vez me siento más alejado de todos. Más solo. Solo del mundo, no hablo tan solo del amor. En parte son las desganas con las que atravieso cada día, son el cansancio acumulado de guardar tristezas, son las falsas esperanzas que me invento una tarde cualquiera para tapar la falta de felicidad. Hasta que me encuentro rodeado por la gente que quiero y me doy cuenta que esa es la felicidad real, la que ellos están viviendo, y que yo ahí tan solo soy testigo. No formo parte.

Para colmo de la noche, entre chiste y chiste que sieeeempre se escapa en estas reuniones, un amigo comenta "che Ale, sos uno de los pocos que están solteros, te estás quedando solo". Claro, yo me reí e hice un chiste al respecto, porque suelo hacer chistes y reírme de mi para no largarme a llorar en el momento. Y la verdad es que sí, no es novedad y no hacía falta que nadie me dijera lo solo que estoy. Porque me lo se de memoria. Y en ese mismo instante en que me río y todo sigue como si nada, se me juntan las ganas de mandar al mundo a la mierda porque no me olvido que hace poco tiempo atrás esa misma persona estaba sola, y ahora que tiene planes con alguien yo soy el soltero que se va a quedar en soledad.

Pero al rato se me pasa, quizás porque lo adoro, y muy probablemente porque sé que no lo dice con ninguna intención de lastimarme. Pero me lastima. No mi amigo, sino la idea de saber que verdaderamente estoy estancadísimo desde hace bocha de tiempo. Y vivo mintiéndome aunque cada tanto venga al blog y lo desmienta. Vivo disfrazando con una sonrisa pura tristeza. Vivo diciéndome que soy una buena persona y que voy a poder estar bien conmigo mismo y con alguien. Vivo haciéndome a la idea de que todavía vale la pena. Hasta que llega un día cualquiera en que me topo con la felicidad de los demás y en contraposición me entero que estoy mal, que nada cambió aunque yo crea que veo las cosas de otra forma. Y mañana este pesimismo pasará, me levantaré con otro humor y cuando alguien me pregunte yo seguiré con mi inconsciente (o consciente) mentira hacia mi mismo.

Y pasará otro año y seguirán las mismas frustraciones, la misma basura reflejada en el espejo, el mismo silencio. Seguiré pasando de un estado a otro constantemente, teniendo días de exagerada felicidad que si me detengo a pensarla se convierte en exagerada tristeza. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto la vida me pasa y pasa y sigue pasando. Y aunque mañana esté escribiendo acá que las oportunidades existen, que el sol sigue brillando, que depende de mi... aunque bañe las palabras de esperanza, la verdad es que voy a seguir en el mismo lugar mirando cómo no pasa nada. Soñando películas pasadas de moda, finales de libros que nunca se hacen realidad, historias mías de amores convencidos. Y es todo mentira, porque no me convenzo ni yo.

No tengo más ganas, no quiero más pensar en estar bien. Que la vida se pase de una vez por todas y me deje en paz. Ya siento que la perdí, que la dejé de lado y que no la quiero volver a buscar. Si, me rendí. Me rendí aunque mañana diga que no. Me rendí aunque me enamore de una mujer. Me rendí aunque ya no cante canciones tristes, ni me sensibilice una película, o me haga sonrojar una sonrisa. Son todas cosas que llegan para llenarme un momento fugaz, porque cuando el momento llega yo no creo en él y lo despido tal como lo recibí. Estoy harto, muy harto de quien soy. No quiero, no puedo, no sé cómo. No tengo la intención de descubrirlo. Pasé. Dejé por la mitad, o por el comienzo. Y ya no encuentro nada mío, propio, de lo que aferrarme. Y no quiero esperanzas ni aliento ni oportunidades. Basta. Que el espejo se rompa acá mismo. Ya.
Palabras en el aire

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