Los gestos. Esas cosas inadvertidas para unos y que lo son todo para otros. Esos detalles que parecen no decir nada pero gritan verdades. Verdades que en ocasiones duelen y en otras sanan. Verdades que se quedan rumiando en la mente y en el alma.

Y si acaso los gestos no bastaran, tenemos las palabras. Que se escurren de nuestros labios, temblorosos de no poder callar lo que claman.

Y si los gestos y las palabras no fueran suficientes, tenemos ese poder inmenso de hacer lo que el cuerpo pide: actuar, soltar, brincar hasta lo más alto que pueda llegar.

De una u otra forma, el alma pide lugar. Pide cobijo. Pide libertad. Y de tanto pedir se cansa de esperar. A que la persona que la carga la sepa hacer brillar. A que cada uno de nosotros acallemos el ruido que nos rodea y escuchemos a lo más importante que tenemos: a nosotros mismos. Conectados con nuestra propia alma. Y con lo que ella sabe que nos hace bien, que nos da paz y felicidad.

No la dejemos de lado. No dejemos que se marchite, a pesar de todo y de todos. No dejemos que deje de soñar y de creer que es posible.

Que aún hay tiempo de más, aunque cada vez nos quede menos.

0 comentarios: