Enamorarse puede teñir de azul celeste hasta el más inanimado día, descolgar las caretas tristes y enlazarlas a una aurora de corazones sonrientes. Tal vez acaso enhebrar con júbilo tu lengua encandilada. Porque el beso repentino despantana soledades, revoluciona nuestras comidas y el reloj biológico da siempre la hora en que tu desnudez es iluminada por la Luna.

Si faltaran las palabras te tomaría de la muñeca, los codos o la parte que dejes de tu cuerpo para sigilosamente escabullirme entre el espacio que deja tu ropa y tu piel. Para desconcertar la inocencia y cubrirnos de desfachatez. Total en tu pelo se lavan los pecados y en tu boca se vuelve a renacer. Sin razones, sin dudas, sin por qués.

Quedate, quedate de este lado que el frío no se siente y la lluvia ya se fue. Quedate que por un rato las malas noticias se desdibujan, los chicos no pasan hambre y los políticos no mienten. Quedate que con vos el mundo puede cambiar en un suspiro, en un relámpago de tu vientre o en mis manos moldeando tu comisura deshilachada en tu piel.

Julio se reparte entre vos y las obligaciones, entre tus besos y la escarcha sobre mi boca, entre tus pasos y el tic tac del reloj que anuncia que ya te vas. Y entre tanta inconciencia se amanece entre tus piernas, para dar lugar a la incredulidad de este momento, de que vos te hayas fijado en mí, de que no te des cuenta lo completo que puedo estar.

Dejando relegados los labios de otras bocas, porque no tiene sentido besarlos. No tienen principio ni fin, son indefinidos. Insensatos. Abstractos. Insolubles si tu labial no condiciona el momento, si tu carne no hace mella en mis poros, si tu sed no se condice con la mía.

Y entre tanta oferta por las calles, uno agradece convencido el decir que no y aferrarse a esa luz que titila solo si la miramos. Solo si dejamos que nos envuelva. Solo si sabemos reconocerla entre las demás. Porque al hacerlo reconocemos también una parte de nosotros, ignorada, olvidada, puesta en desuso. Cotejando en ese mismo instante que de tus ojos se desprende futuro, certeza, felicidad.



A veces me cuestiono las cosas que nunca pasaron, me pregunto si no fueron por algo, o si sencillamente alguien se quedó a mitad de camino entre el valor y la cobardía. Porque a veces no entiendo cómo las personas que se atraen al mismo tiempo se repelen, temiendo que alguno realmente quede con esa placentera sensación por siempre. Como si enamorarse o sentirse querido y extrañar fuera ajeno a nosotros, como si eso nos condenara, como si saberse vulnerables ante una persona nos dejara indefensos si decide un día marcharse.

Y puede que esos miedos estén justificados, sí, pero cómo enamorarse sin sentirlos. Cómo entregarse por completo sin correr ese riesgo. Pareciera que las cosas tuvieran que venir con un contrato, con cláusulas, con fecha de vencimiento en manos del cliente. Y enamorarse no pasa por nada razonable, ni tiene fecha ni motivos. Simplemente sucede. Encontrar en la sonrisa de alguien la calma, pasar horas sin hacer nada más que tener en frente los ojos que nos devuelvan la certeza de querer quedarnos ahí.

Las historias que nunca fueron son las que más duelen, porque encierran la duda de saber qué sería hoy de nuestras vidas si hubiera sido al revés. Si el cartel de clausurado no hubiera sido plantado en nuestro corazón. Si hubiéramos podido dejar caer la caparazón, la coraza que creemos protectora de nuestras inseguridades, de nuestros fantasmas, de nuestra manera de evitarnos la oportunidad. Y quizás nunca, ni siquiera ahora, lo podamos entender.



Se queda mi cabeza detenida en otro tiempo, invocando sonrisas espontáneas que no tenían prisa, que no pensaban en cuándo se irían, que se ajustaban a mi medida. Se queda la razón sin razones y mientras invento otras reglas, se derrumban las que ya existían. Es un círculo vicioso de creación y destrucción, de ver cómo cuando algo puede crecer hago lo imposible porque no pase, como si le pusiera una barrera a mis propios pasos. Sacando de algún escondite los por qué que luego me cuestiono, cumpliendo con el papel de víctima de mi vida cuando soy el victimario, queriendo despojarme de las culpas. Y son todas mías.

Siempre creí que a pesar de todo lo que pudiera hacer o dejar de hacer, era una buena persona. Ese era mi consuelo. Pero con el paso de los años dejé de estar para la gente, desconfío más, estoy más crudo, pienso antes de actuar y reveo las opciones. Todo un cúmulo de actitudes que siempre odié en la gente, porque me parecían poco humanas, tan frías y distantes. Hasta que llegué a ser como una de ellas. Ya no pido perdón, ya no intento corregirme, ya no tengo en cuenta a los demás. Podría excusarme en el hecho de haber salido lastimado mil veces, pero es irónico olvidarse de las personas que no me dieron la espalda. Y resulta que fue porque con todas me di la oportunidad. Una oportunidad que ahora reniego, disuelvo, dejo para otra vida.

Y llega el final del día y me siento vacío, para darme cuenta al otro día con la luz del Sol que el sentimiento sigue igual. ¿Y por qué? me pregunté siempre, porque yo lo elijo. Alguna vez mi mejor amigo dijo en tono de chiste que yo era una persona que buscaba a alguien que me quiera y que se deje querer, y que si no me quería no importaría, porque eso me daría la excusa para seguir escuchando Arjona y escribiendo en el blog. Los chistes en ocasiones se utilizan para decir la verdad. Y pareciera que eso es cierto, que busco estar mal, que todo me lleva a ser autodestructivo y lastimoso.

¿Y por qué? me vuelvo a preguntar, ¿con qué sentido?. ¿Qué fue lo que hizo clic en mi cabeza alguna vez para empezar a creer que no merezco nada de lo bueno que me pueda pasar? ¿Hasta qué punto de mi pasado tengo que retroceder las agujas para verlo? ¿Es qué esto nunca va a terminar?.

Hoy cualquiera que me vea podría dar fe de lo diferente que estoy, tal vez más crecido, y al mismo tiempo más aburrido e inherte que nunca. Como si crecer haya sido algo que nunca acepté, y los sueños y las cursilerías y las actitudes de niño que alguna vez me hacían sentir vivo... las sacrifiqué. Me podrán decir que todos lo hacen, pero eso no me quita el desconsuelo. Tal vez todos terminan por aceptarlo y yo no soy capaz de eso.

Hace poco terminó una serie que fue muy importante en estos últimos años para mí, Lost. Y lo fue por la historia de las personas que había, pero sobre todo por una en especial, la historia de Desmond. Me siento como él en la peor época de la serie; perdido, arrepentido, cobarde, vacío y totalmente resignado. Recuerdo llorar viendo un capítulo en especial, capítulo que reveo en ocasiones para sentirme peor de lo que estoy. Es feo ver tu vida reflejada en una historia irreal, porque te lleva a ser testigo de tu propia desdicha. Y se vuelve más terrible cuando no hacés nada para cambiarlo.

Últimamente vengo diciendole a algunas personas que me preguntan cómo estoy que aunque tengo días malos, estoy mejor que otras veces. Porque me estuve dando oportunidades. Y si bien algunas no funcionaron, lo seguí intentando. Pero eso también es puro humo, porque las que podrían funcionar me encargué de deshacerlas y dejarlas en nada. Lastimando personas en el proceso, dejando puntos suspensivos en el aire, provocando el vacío al cual parezco aferrarme una y otra y otra vez.

Yo no podría definir lo que me pasa, porque no lo entiendo. Pero sí puedo ver las consecuencias. El estancamiento que vivo y las capas de polvo que se suman a esta piel, dejandome ciego de mí mismo, porque ya no me reconozco ni me estimo ni me diferencio. Estoy donde no quiero estar pero elijo quedarme en este punto. Tal vez para seguir escuchando Arjona y escribiendo en este blog. Tal vez para nunca salir de este agujero. Quizás para sentir lástima de ver en quién me convertí y aceptar lo patético que me resulta ser yo al mirarme en el espejo. Tan nada.

La cara bajo la almohada, las ganas de tener otra personalidad, más abierta... más despreocupada, menos culpable. Cuando las cosas se presentan las alejo, cuando no están me pregunto por qué, cuando no siento pido a gritos una señal y cuando alguna se presenta no la veo o le resto importancia. Pareciera que le huyo a la felicidad, que todo lo que ansío lo desmorono si presume aparecer. Como si la tristeza me cobijara de algo, como si estuviera a salvo en este rincón agazapado.

Con el tiempo me volví el tipo de persona que nunca quise ser, y aunque a veces lo vuelvo a intentar, bajo los brazos al instante. En ocasiones quisiera que la incocencia nunca se haya roto, casi como no querer haber crecido, y ver la realidad de las cosas. O la que yo viví. Tengo el problema de no saber dejar ir las cosas, y pareciera que nunca terminé de cerrar la historia con mi pasado, con el que ya no soy. Y vuelvo todo el tiempo a la nostalgia que te estanca en el punto donde estás.

Y ves cómo la vida te pasa de largo, lo ves cuando eras adolescente y ya lo sentías y lo seguís viendo ahora, cosa que te asusta y te paraliza. Y tengo miedo de tener un día canas, cansancio en el cuerpo y ver que no hice nada en el durante hasta ese punto. Tengo miedo de mí, de todos, de la vida misma. Pero no quiero resignarme a esto que me convertí, no quiero y si bien trato de romper con eso no lo logro. Siempre regresa el fantasma a mi cabeza, y es una mierda lo infeliz y miserable que te sentís.

Hay que seguir dice la gente, no hay que mirar atrás.
Se ve que nunca me aprendí la lección.

Hay gente que con solo decir una palabra enciende la ilusión y los jardines, que con solo sonreír entre los ojos nos invita a viajar por otras zonas, nos hace recorrer toda la magia. Hay gente que con solo dar la mano rompe la soledad, inicia una amistad, brinda confianza, que con solo empuñar una guitarra hace sinfonía de entrecasa. Hay gente que con solo abrir la boca llega hasta todos los límites del alma, alimenta una flor, inventa sueños y se queda después como si nada. Y uno se va de novio con la vida desterrando una muerte solitaria, pues sabe que a la vuelta de la esquina hay gente que es así... tan necesaria.