Cuando miro viejas fotos, viejos videos, viejos escritos... me doy cuenta que había algo en todo aquello en donde yo era feliz. Aún con distracciones, con miedos, con inseguridades. Pero es verme en ese entonces y encontrar que mi sonrisa era espontánea, mi vergüenza sincera y mi inocencia aún sin aniquilar. Era como que todo estaba por descubrirse, como si todo tuviera su propia magia, su propia naturaleza, mi única manera de hacerla funcionar.
Y si bien uno no tiene que mirar a su pasado, porque es probable que nos creamos eso de que todo tiempo pasado fue mejor, también es cierto que en esos viejos reflejos encontramos cosas auténticas que dejamos olvidadas en el camino. Y quizás por no encontrar nada de eso en este presente es que me remito a recordar, a llenar de nostalgia los rincones, a querer recuperar la ilusión que nunca más volvió a ser la misma.
Me gustaría saber cómo me ven hoy las personas que en aquel entonces me conocieron, si me encuentran más triste, más frío, más serio. Si desconocen el por qué. A veces las personas que quedaron en el olvido son las que nos reconcilian con lo que fuimos, aunque todos en el proceso hayamos cambiado. ¿No les pasó nunca de encontrar a alguien que nunca más vimos y darnos cuenta de que al instante se enciende una mecha dentro nuestro?. Como si esa persona nos trajera al hoy esos días auténticos de nuestras vidas.
Yo siento que desde que internet se volvió parte de mi vida ya no soy el mismo, no porque internet me haya cambiado sino porque yo me refugié en ella para ocultarme de quién sabe qué. De miedos, de dolor, de la realidad. Porque de este lado todo deja de ser tan real para transformarse en una manera de ver las cosas de otro modo. Menos ciertas.
Si, porque antes de pasar el mayor porcentaje de mi vida de este lado del monitor, mi forma de ser no era la misma. Es como que de alguna manera internet me transformó, aunque en el fondo esté el mismo idiota de entonces. Y todo se volvió menos real, mas utópico, más enfermizo. En donde queremos controlar nuestras salidas, nuestras charlas, nuestros planes, nuestros sentimientos.... y dejamos de lado el contacto real de las cosas, el decir de los ojos, el abrazo que cada vez es menos constante.
Extraño a ese Ale, lo vengo diciendo desde que hice este blog hace ya 5 años. Sigo sin hallarme en este planeta y tengo la sensación de que antes tampoco lo sabía, pero sí tenía la certeza de que quien era yo era lo correcto. De que podían salirme mal las cosas, pero decididamente estaba seguro de lo que quería y que lo iba a intentar todo antes de saber que no podría. Hoy soy cauteloso, no puedo materializar lo que siento, no puedo darme cuenta de lo que me pasa, como si no me conociera. Como si se hubiera roto un puente entre mi corazón y mí mismo.
Un corazón que latía sin importar la fuerza que hiciera, que dejaba todo del otro lado de la cancha para que pudieran pisotearlo, porque sabía que en el proceso yo era feliz jugándome el todo por el todo. Un corazón que se ilusionaba con una canción nueva, con algunos versos, con algunas escenas maravillosas del celuloide, con un amanecer. Recuerdo despertarme a las 6 de la mañana sin necesidad de ir a ningún lado y recibir al día mirando cómo salía el Sol. Era solo eso, y lo era todo.
Hoy tengo miles de canciones para escuchar que nunca escucho ninguna, llevo puesto el mp3 en largos viajes de colectivo y me aburro de la música que sé que me gusta. Las películas ya no cobran la magia de entonces, el cine no es tan habitual, la naturaleza parece que no la veo y los mensajes de texto evitan mates de por medio y sonrisas carcomidas por el frío en una tarde de invierno. Es como si todo se hubiera convertido en una obra de teatro detrás de un vidrio blindado a la que solo podés observar, sin oírla ni sentirla ni tocarla.
Nos escondemos bajo nuestras propias casas porque salir a la calle se convirtió en una ruleta rusa donde el miedo te enloquece, y como dice Ismael, no hay derecho de salir con miedo a la calle. Y no hay derecho a vivir sin amor, ni a darse la oportunidad de disfrutar de las cosas, ni suspirar por las palabras de alguien en el momento indicado. Parecemos extraños que tenemos terror a hablarnos, anticipando que alguien nos hará daño bajamos la mirada y seguimos nuestra rutina de desconciertos anticipados.
Yo pregunto. ¿Esto es parte de volverse grande?. Quizás habría que recordar lo que pensábamos de ser grande cuando eramos chicos, cuando nos hacíamos las promesas de que nunca dejaríamos de soñar, de intentar, de arriesgarnos, de respetar, de ceder, de ser humanos. Es increíble como irremediablemente vamos a lo seguro, nos refugiamos y evitamos a toda costa que alguien nos mueva algo de lugar, sentirnos perdidos de grandes es como un pecado, algo que no puede pasar. Y yo quiero me pase, no quiero convertirme en esa clase de persona mediocre que supone que a partir de cierta edad lo que sigue es en línea recta. Y tenemos modos, y formas de hablar, y queremos parecer adultos en las charlas y en las conductas y miramos de reojo a los enamorados que se matan a besos frente al mundo sobre la vereda. Como enojados por no hacer lo mismo.
Y me lo vuelvo a preguntar, todo esto que siento, ¿es porque crezco, o sencillamente es una manera de ver las cosas cuando me doy cuenta que no me reconozco?. Quizás el mundo entero cambió y ya no solo la adultez nos vuelve máquinas monótonas sino también nuestra juventud. No sería raro pensarlo mientras vemos a tantos chicos con mirada sombría, con presiones, con los padres alterados y peleando sin tener tiempo para ellos, con tanta competencia en todos lados. Pareciera que entramos en un ritmo tan vertiginoso impuesto por otros que las personas nos olvidamos de lo que somos, de nuestras vidas, de nuestros derechos. Y mientras tanto Ismael nos dice que sigue sin haber derecho de salir con miedo a la calle.
Intento encontrar una manera de romper con este hechizo paralizante y no lo logro. Una sola vez pude desprenderme totalmente de internet, y me duró tan solo un mes. En donde me di el tiempo de visitar amigos a tomar mate, de leer, de salir a la calle a caminar a la tarde sin escuchar música, sólo a la gente. De no tener que encender la compu para escuchar un CD, o para escribirle algo a alguien, o para enterarnos de qué pasa en el mundo. Y en esos días me sentí mejor, y al mismo tiempo nostálgico, porque me encontraba haciendo cosas de mi pasado en este presente. Y era como retroceder. Pero yo no estoy tan seguro, quizás he retrocedido todo el tiempo posterior a ese entonces.
¿Alguien vive todo esto que siento? ¿Alguien no se halla? ¿Alguien quiere recuperar la magia de aquellos días? ¿Alguien quiere dejar de tener miedo? ¿A alguien le interesa recuperar su derecho a vivir?.

