Me sigo desencantando con la gente. Hace más de un año escribí esto y me resulta irónico, gracioso y triste que me siga pasando. Pero como hablaba con alguien el otro día, al final supongo que es para bien. Uno va haciendo sus filtros, y aunque ese proceso lleve un montón de desilusiones y fracasos, finalmente queda la gente que vale. Que estuvo cuando estaban bien y no solo cuando estaban mal. Que te buscaron para contarte de sus grandiosos días y proyectos, y no sencillamente para pedirte un consejo.

Esa misma gente que te dice que te quiere, que le hace bien hablar con vos, que te necesita, que te extraña... esa misma es la que cuando se pone bien y se recupera, se olvida automáticamente de todo lo demás. Ya no recibís llamados, ni gestos, ni abrazos, ni consuelo. Ya no se detienen a escucharte, a cuidarte, a formar parte.

Y quedan las palabras en viejas formas, adaptadas a lo que formalmente se debe decir en ciertas situaciones. Y quedan las llamadas en fechas claves, precisas, casi programadas. Y queda la compañía desunida, el murmullo de un llanto a medio camino y la risa forzada acompañando el ritual. Todo se vuelve frío e interesado, y las personas que daban todo por vos, ya no dan nada más que por ellos.

¿Dónde quedó tu promesa? ¿Tu mano tendida? ¿Los llamados terapéuticos? ¿La felicidad de escuchar mi voz?. ¿En qué momento la palabra amistad se volvió tan estereotipada? ¿Cómo puede ser que ya no se le de valor a lo que sí lo tiene?. Es más fácil retratar en letras los sentimientos, pero nada de demostrarlos. No vaya a ser cosa que no tengas nada que demostrar. O que todo lo que realmente querías dar, ya lo demostraste.
Palabras en el aire

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