Historias que se construyeron bajo sentimientos diversos, y que fracasaron rotundamente; equivocando el modo, las palabras, los actos. Equivocando la destinataria. Y de cada una de ellas una parte de sus sueños se quedaron atrapados conmigo, imaginando futuros mejores que los que les pude dar. Porque nunca alcanzaron mis manos ni mis ganas, nunca logré colmar ese vacío urgentemente necesario por llenar.

Cargué de culpas cada derrota, encontrándome defectos y desaciertos y puras contradicciones, para finalmente notar que nada de eso fue real. Sencillamente la química que se desprende de las cosas no fue suficiente. Y cuando quizás para alguien pude ser algo más, mis sentimientos me jugaron una mala pasada por amores partidos por la mitad, por puertas entreabiertas en mi imaginación. Y nunca en la realidad.

A estas horas sus rostros se difuman, entremezclándose. Y entre todos ellos una imagen, la mía, sola entre la multitud. Aislándose del resto. Personas pasando de largo por mi vida, encontrando a un amigo, a una buena persona, a un ideal, a un montón de calificativos bonitos para disfrazar las desganas de quedarse conmigo. Siempre de paso, siempre ahí. Llenando de consuelos baratos el desconsuelo.

De nada sirve que patalee, que llore, que odie, que maldiga. Que señale con el dedo. Porque todas las respuestas a esas preguntas están frente al espejo, mostrándome en carne y hueso lo que falta. Lo que no se puede cambiar. Y ni la actitud me salva, porque carezco completamente de ella. De esa magia. De esa forma de disfrazar carencias que otros no tienen, quedando siempre relegado por alguien más del montón. Alguien que no la respeta, que no la tiene en cuenta, que la usa, que la maltrata, que no es ideal.

Y uno se queda preguntándose si sirve de algo valer. Porque a los que valen nunca los eligen, nunca los aferran, nunca los necesitan. Nunca les exigen un beso a más tardar, una caricia que no se extinga, una muestra de afecto. No. Pagan las culpas de otros los que no hicieron nada, como si Dios se burlase de lo justo para demostrarnos que no hay sentido en nada, que nada tiene un por qué. Que la vida hoy en día se cubrió de superficialidad.

Y te sentís frágil, ajeno a este mundo. Ignorante, inocente, recién nacido. Pero uno no es inocente, porque conocemos del dolor y de la desolación que provoca que nos fallen, que nos mientan, que nos usen como puente. Pero uno sigue creyendo, evitando a toda costa caer en la cuenta de que el mundo ya no es tan ideal como quisiera. A veces pienso que visualizo cada historia como una película donde al final el bueno gana, donde me veo recompensado por querer hacer las cosas bien. Y me aterra no volver a confiar nunca más, dejarme vencer por lo irremediable.

Estoy cansado de verdad.
Palabras en el aire