Tal vez entre tantos sueños que tuvimos, alguno se perdió. Porque alcanzarlos todos sería una forma de quedarnos sin ellos. Sería asesinar cualquier deseo de conseguir algo más en nuestras vidas, y sin esa razón para continuar de nada serviría vivir. Puede que entremos en un precipicio en el cual no vemos nada que nos de esperanzas, nada que nos invite a intentarlo. Y caer en un pozo depresivo del cual no sabemos salir. Como tampoco sabemos pedir ayuda, ni llorar en un hombro amigo, ni mostrarnos vulnerables ante alguien más. Ante nosotros por lo menos.
Ahí nos estancaremos sin remedio. Y asesinaremos cualquier segundo que valga la pena, cualquier charla con alguien que no vemos hace mucho, alguno de esos detalles que antes sentíamos en carne propia. Y perdernos en ese laberinto de vacíos desordenados se volverá costumbre, porque entramos en una rueda de tristeza de la cual ya no queremos salir. Nos hacemos adicta a ella. Y yo no sé por cuánto tiempo. A veces parece ser una condición para toda la vida, y otras algo pasajero.
De lo que sí estoy seguro, es que nadie es tan fuerte para aguantarse la caída solo. Y si bien es verdad que está en uno mismo salir de ahí, también es cierto que con la mano de alguien es mejor. Sin embargo, la depresión de no querer salir a flote impide que nos dejemos ayudar. Impide que alguna vez recuperemos el camino. Un camino que, aún lleno de baches, era nuestro. Y hoy nos damos cuenta de que no pertenecer a un lugar o a un tiempo nos aísla por completo. Porque somos extraños de nosotros mismos. Indiferentes a la mirada que nos devuelve el espejo.
Entonces se vuelve al principio. Al instante en que no sabemos desde dónde venimos, qué pasó en el medio y a dónde llegamos. Y no encontrar en el pasado ni en el presente una verdad que nos sostenga a través de todo este proceso, nos deja sin la claridad de algún futuro. Porque no podemos ir hacia donde no sabemos, y menos sin saber en dónde estamos hoy.
Se me da por creer en preguntas sin respuestas. Y de paso un año más que se acumula a mi costado, y yo viéndolo pasar. A paso lento. Hacia ningún lado. Y no quiero opiniones, ni palabras de apoyo, ni conclusiones sobre este proceso. Lo escribo, lo largo de adentro, lo comparto... que cada uno lo reinterprete en su vida. Pero en silencio.
El otro día hice algo que siempre condené, y lo hice por cobarde, por no enfrentarme. Me puse a mirar la lista de medicamentos antidepresivos, porque me puse a pensar que hasta que encuentre algo en qué ocupar mi cabeza, quería al menos un día estar con ganas de despertarme. No duré ni 5 minutos leyendo nombres de remedios porque es una estupidez y no estoy de acuerdo, pero el solo hecho de haberlo pensado me dejó con una sensación de desesperación que pocas veces experimenté.
Todos los ideales que alguna vez tuve para con mi vida, para con mis acciones, de pronto se encontraron boca abajo. Y me asusta pensar en qué me estoy convirtiendo, en quién soy realmente. En por qué ni siquiera a solas conmigo puedo descifrarlo. Es no ir a ningún lado. Es hacer cosas que antes hacía pero que ahora soy un ente cuando las hago. Es escuchar a alguien hablándome y contener las ganas de llorar. Parte de un todo que nunca termina de cerrar, partes desquebrajadas de mi. Y que se contradicen con mi vida, con lo que siempre señalé con el dedo. Un día me acosté bajo las sábanas y no quise que jamás me volvieran a sacar.
Físicamente vivo una vida que interiormente no existe. Y por ende nada que pueda nacer de ahí me afecta. Y como nada me afecta, no existo. Y va a llegar el 12 de Marzo y yo me iría a otro país por ese día para que nadie me salude ni me vea, me metería todo el día en la cama hasta que sea 13. Y después seguir, seguir en el sentido figurado, claro. Pero sin embargo el 12 voy a mostrar una sonrisa que no tengo, a soplar unas velas en donde no pido nada, a esperar que se hagan las 00hs para que ya sea otro día. Nunca fui amante de los cumpleaños, pero siempre me parecieron una buena excusa para disfrutar de momentos que quizás no se dan. Sé que el 12 no lo voy a disfrutar. Y decir esto me da culpa porque habrá gente que me quiere y quiero en serio saludándome, pero es lo que siento. Ojalá sintiera distinto. Ojalá hoy no fuera el que soy, porque no me siento parte de mí mismo.
A veces creo que tendría que irme en un viaje solo. Sin contacto con nadie, pero realmente sin contacto. Ni llamadas telefónicas, ni mensajes de texto, ni mails, ni cartas, ni palomas mensajeras. Quizás entre el silencio pueda oír el sonido que hoy no reconozco, el mío. Pero puede que tal vez no. No lo sé. Ya no sé absolutamente nada...
Lo cierto, es que en 27 años de vida siento que viví menos de 5. Que malgasto la vida cada minuto. Y estoy segurísimo que esta depresión que hoy me asfixia en unos años va a ser mucho peor, porque van a ser muchos más años perdidos que se acumulen en mi espalda. Y si por un milagro empiezo a aprovecharlos, seguramente me deprima por los que ya perdí. Porque siempre tiendo a lo mismo... a estar mal. No sé si consciente o inconscientemente, no sé si por masoquista o por estúpido. Sea la razón que sea, ninguna me convence. Como tampoco me convence que yo sea tan cobarde para cambiarlo.