Otoño de hojas secas
       Valentina Becker
El viento levanta las hojas del suelo. Las eleva unos centímetros, las hace bailar y las vuelve a aterrizar, un poco más lejos de donde estaban antes. Yo voy en una hoja y tal vez vos en otra. O al menos eso espero. En realidad, creo que sólo lo imagino. Y me acuerdo de aquel momento en que tomaste mi mano con más fuerza, justo cuando lo necesitaba. Lo supiste, algo te hizo saber que yo buscaba tu presencia. Y ahí estabas. También me acuerdo del momento en que te lo dije. No me diste respuesta alguna. Pero allí habías estado conmigo. Y cuánto quisiera tu mano en este momento. Tu roce aunque sea. Tu aliento a mi lado. Con saber que estás me conformo. Pero ni eso puedo ya saber.
Las hojas bailan sin notar mi presencia. Algunas chocan mis abrigos. Quieren acariciarme, pero resbalan. Y vos seguís tan lejos. Qué andarás haciendo. Qué estarás pensando. Dónde estará tu cabecita. Todas esas preguntas que siempre quise que me respondieras, y tan pocas veces lo hiciste. ¿Sabés?, a veces me hacés acordar a ese pequeño personaje de cabellos rubios que nunca respondía nada.
El viento sigue soplando con fuerza, se golpean las ventanas, los árboles cantan… pero no sé por qué esta vez nada me agrada. No puedo ver sonrisas si no está la tuya cerca. No quiero pensar en los rincones que te recorrería si fuera viento. Es mejor el ruido de las hojas secas cuando son cuatro pies los que las pisan y no sólo dos. Sólo tus cabellos se veían bien cuando el viento los despeinaba. Tal vez estés ya muy lejos, remontando algún barrilete de colores. Tal vez tarareás alguna melodía como yo lo hacía cuando caminábamos de la mano. Tal vez sonreís con el cabello despeinado y alguien admira la perfección de los detalles en tu rostro. Tal vez allá lejos remontás un barrilete. Y tal vez… ya sin mí.
A veces, y solo a veces, encuentro en palabras ajenas la manera de reencontrarme conmigo mismo. Sentimientos expresados por otros que tocan parte de mi alma y se produce a partir de ese instante un inolvidable vínculo a dichos versos. Quedando por siempre dentro mío.
Tal es así que fui a dar con uno de esos textos, de la mano de Vale. Al leerlo por primera vez iba recitando dentro mío los modos de decir las cosas, las sonrisas que disparaban recuerdos que me venían al momento, esa dulce nostalgia que duele y gusta, porque nos reencuentra con lo real, con lo auténtico, con esos sentimientos que muchas veces nos preguntamos con qué finalidad los sentimos.
Con esa única finalidad. La de sentir. La de tener la certeza de que estamos vivos y que lo que nos rodea nos afecta. Por eso, sin más razones que un impulso y una necesidad, me tomé el atrevimiento de darle voz a estas hermosas palabras que escribió en su blog.
Gracias Vale, por tanto sentimiento, por no hacernos olvidar la vida que llevamos dentro en cada detalle, en cada gesto, en cada renacer :)

