Por momentos extraigo lo mejor de tus recuerdos; la sonrisa a medio congelar, los chistes que hablaban en serio, las muecas que no imaginaba y la tonta manía de enumerarte defectos. Como para que supieras cuáles son y no caerte con cuentos. Vos desprendés de mis retinas el sueño, y me quedo toda la noche reprochando mis silencios. Porque no te lo dije, porque ahora es tarde, porque quién sabe si te volveré a ver.

Y sin darme cuenta, agolpo sentimientos desencontrados por las malas experiencias. Y derrumbo un sueño con la misma intensidad con que lo creo, porque estoy acostumbrado, porque es lo que mejor me sale, porque no se entiende qué hacés hablando conmigo. Pero al fin, comprendo. Comprendo que el encanto del silencio es más fuerte que una palabra a tiempo, que a veces es mejor hacer que decir lo que tenemos ganas de hacer. Que las palabras se han vuelto tan cotidianas, que dejamos de lado los regalos, las sorpresas, los golpazos de teléfono un jueves cualquiera a la hora de la cena.

Y mientras tanto te reís, porque tratás de explicarte lo mismo. Porque en lo efímero de estas horas te encontraste desvariando, dibujando paralelas, encontrándole el sentido. Hasta que te quedás sin hojas porque sabés que ninguna te va a decir lo que tenés adentro. Sólo el compás de su cuerpo aproximándose, la variante de tomar el celular con la mano izquierda, la distracción de encontrarte perdido en medio de la charla por estar obsesionado con su boca. Y ahí, en ese mismo instante, el milagro. El reflejo de un corazón acompasado, revuelto de cenizas, pero nunca exterminado.

Pocas veces te queda en la garganta la palabra que decidís guardar. Pocas veces te quedan en el alma estas ganas de abrazar. Pocas veces te devuelve su mirada la vida al pasar.


El horizonte lleno de palabras nos impide vernos al espejo, espesando el aire, interrumpiendo el andar, despojándonos de nosotros mismos. Y entre toda esa farsa de falsos conocimientos, los errores que dejamos de cometer por no arriesgarnos, por estar repletos de razonamientos, por no querer equivocarnos. Y ahí, cuando sentís que ya no podés, volvés a equivocarte. Porque el error es permanecer a un lado, dejar que nada te afecte, intentar describirte el por qué.

De pronto nos convertimos en sabios, nos creemos capaces de dar consejos, de desnudar la verdad del otro cuando no somos capaces de vislumbrar la nuestra. Por estar terriblemente asustados nos negamos a sacar la cabeza, preferimos la comodidad de la frazada y su almohada. Y nos dejamos morir lentamente, que es la peor manera de hacerlo. Sin notarlo siquiera. Te encontrás con todo lo demás, con tu rabia, tu angustia, tu desidia. ¿Y a alguien le importa que te sientas así?.

Después de todo, masticar silencios nos deja libre de pecados, pero no ausente de sus consecuencias. Todo te cae de un solo golpe, y cuando querés hacer algo ya es tarde. No tenés fuerzas para intentarlo, no tenés alma para anidar un nuevo sueño, ni nadie a quien contárselo. Te quedás con tu soledad a cuestas, guiñándole un ojo, dejándole todo el camino.

Y vos te quedás inmóvil, perplejo, contando la vida que no viviste y murmurando los sueños que no cumpliste. Por estar siempre del lado que debías estar. Cuando no debías hacerlo.