Escribir acá es darme cuenta que nunca volví a estar bien. Que todo es parte de una ilusión, un mero espejismo. Y lo peor es que lo veo, lo afirmo y sigo escribiendo.
Palabras en el aire.
Escribir acá es darme cuenta que nunca volví a estar bien. Que todo es parte de una ilusión, un mero espejismo. Y lo peor es que lo veo, lo afirmo y sigo escribiendo.
Tenías el brazo lleno de pecas, la cara llena de rubor y la sonrisa electrificando a quien fuera capaz de verla. Detrás de los lentes de Sol yo observaba tus ojos que lo miraban todo: a la señora pidiendo permiso, al tachero cruzándose mal, al flaco que revoleaba las manos al compás de la música y finalmente al idiota que se te quedó mirando. Y con la vergüenza característica que me da que me descubran, pestañeé rápidamente varias veces hasta que me aseguré que no te miraba más.
Creo que si había un médico cerca me hubiera dicho que tenía el pulso acelerado. Creo que es de las pocas cosas que aprecio de mí, el todavía ruborizarme, el ponerme nervioso, el sentir que algo pasó en un instante. Y volverme a casa con esa sensación a cuestas, con ese latir calmado, con esa sonrisa provocada por una desconocida de pelo enrulado y atado.
A medida que crezco acepto verdades en mí que son propias de las cosas que vivo. Y aunque en ocasiones odio ser así, por quedar tan vulnerable, sigo eligiendo cada vez esa manía de dejarme tocar por las cosas que pasan alrededor. Porque nadie puede disfrutarlo como yo, nadie es capaz de sentir tantas cosas con tan solo una mirada distraída. Y si bien todo queda ahí, hay muchas cosas más que quedan en mí. Aún sin materializarse.
Y es que no tiene sentido minimizar los sentidos y verlo todo de manera objetiva, analítica, estadística. Al final todo lo que somos queda en lo que nos afecta, en lo que nos deja sorprendidos una tarde de un Martes de Octubre. En los pasos que amplía la distancia entre tu boca y la mía, en la quizás utopía de que te hayas quedado pensando en el idiota que te miró con media sonrisa clavada en el corazón.
Lo que te hace tan especial, es que nunca te das cuenta que lo sos. Lo que te convierte en esa personita que alegra el corazón, es que ni siquiera sospechás de que lo hacés. Y por más que uno te diga la verdad en la cara, vos vas a poner cara de incrédula y seguir pensando que exagero. Y mejor que sea así, porque si lo vieras perdería todo el encanto.
Las personas más maravillosas, son las que no son conscientes de su magia. Y esa inconsciencia es lo que las hace especiales.
Tener las maneras de hacer las cosas, de decirlas, de examinarlas. Encontrar las palabras para decorar una situación, para instruír vidas ajenas, para aconsejar. Nos llenamos la boca ayudando a los demás cuando no somos capaces de ayudarnos a nosotros mismos, y en el proceso nos convertimos en grandes filósofos amorosos y de la vida. Filosofía barata diría Charly.
Porque cuando te mirás al espejo entrada la noche nada de lo que dijiste lo aplicaste, todo queda en un perfecto modo de dar los pasos sin siquiera calzarte, y te quejás porque tus pies se cansan. Se cansan de estar tan quietos. Te vestís con el traje de orador y ahondás en los aspectos que tenés miedo de ver en vos. Terrible manía de vivir la vida detrás de un vidrio irrompible.
La lluvia me desnuda de excusas y la misma canción vuelve a sonar una vez tras otra. Es todo mentira. El libreto que te escribiste se quedó sin ideas. Va siendo hora de bajar el telón. De cerrar la compuerta de las palabras y limitarte a vivirlas. De darle sentido a este vacío de no vivir.
Desde acá puedo ver mejor, verte mejor. Vos apurada porque llegás tarde, pintando uñas a medias, terminando de arreglarte el pelo con una hebilla salvadora. Y te vas, te tomás el colectivo lleno de gente y despistás a la madrugada. Esta escena se repite todas las mañanas y no sabés que alguien lo nota, pensás que seguís sola como ayer sin que nadie siga tus pasos. Tal vez sea más lindo así, no dejando que nada lo arruine.
Te pierdo el rastro cuando te bajás en la misma esquina de toda la semana, y puede que a la tarde te cruce en el regreso como puede que no. Puede que el verano se adelante en tus ojos, en mí mirándolos. Puede que sea así. Ya no pienso en consecuencias, igualmente suceden.
Medís como 1.70, te gustan las remeras verdes, renegás de las botas tan rutinariamente usadas por todas, tu pelo siempre es una aventura y te reís cuando un chofer se acuerda de darte los buenos días. A veces parece que te pone triste un día nublado, que si mirás mucho por la ventana es porque querés evitar las ganas de llorar, y hasta diría que te encantan los chicos de pelo largo y rulos. Ahí no puedo ayudarte.
Cuando el 56 se vacía de tu aire el viaje se pone aburrido, tengo que recurrir a mirar caras amargadas, paisajes de siempre, frenos y lomas de burro, baches en las calles. Es increíble lo que una desconocida de ojos color miel puede hacerte sentir. O por ahí me enamora cuando una persona es ella en su plenitud, tal vez es una suposición pero tengo la certeza de que a esa gente se le nota con verla por primera vez.
Tenés un lunar que dependiendo cómo te de el Sol a veces es más oscuro. Tus zapatillas favoritas son unas rojas que cada ciertos días le cambiás los cordones, cosa que me llamó la atención y me hizo mirarte más. Creo saber que te gusta escuchar la radio a la tarde, porque te nacen medias sonrisas de esquina a esquina. Y no me olvido de la vez que sonreíste sin estar escuchando nada, seguramente recordando algo que te hizo bien.
Pasan los días y este desconocido que te mira ni se preocupa porque no sepas que existe. Pasan los días y sigue resultándome encantadora una mujer que viendo todos los días, siempre me sorprende con algo nuevo. Sin siquiera proponérselo.
Y entonces me encontré igual de desnudo que entonces, juntando papelitos que dijeran algo de mí, de vos, de alguien. Pocas veces se extrañan tanto los abrazos, las palabras de aliento, el "todo va a estar bien" que nunca sabemos por qué nos consuela. Quizás por quien lo dice. Me acuerdo de tu cara y me sale sonreír aunque al rato esté triste, en ella veía parte de mi vida, que ahora es nada. Solo un recuerdo tuyo y uno mío, y tal vez tan solo mío.
Es difícil poder detallar los instantes que nos hicieron felices, quedan más presentes los otros, los que nos erosionan una lágrima un día de Sol de un Lunes cualquiera. Sin entender por qué, para qué. Tus palabras fueron un bálsamo que no llegó a sanar la herida porque la cerré antes de que existiera. Sin darme cuenta que el daño ya estaba hecho, que hoy te recordaría y me angustiaría ese recuerdo. Que siempre vivo del ayer.
Se me entrecruzan en el corazón tus ojos junto a su boca frente a las uñas pintadas de quien nunca se las pintó. Y es un mapa mental de todas las mujeres que me lograron definir hasta hoy, sin tener bien claro el resultado. Risas disparadas a gente triste, canciones que jamás nadie oyó, viajes de largas horas para su encuentro, un llanto en medio de la calle y alguna noche fría de facultad repitiendo la misma estrofa. Todo junto y nada a la vez, historias desvanecidas en fracasos, puntos suspensivos que nunca cerraron. Y extraño mi vida, la fiel, la de los sentimientos no escondidos, la del cursi al que poco le importaba lo que dijeran de él.
¿En qué momento se perdió? ¿Con qué sentido? A quién le importa acaso. Si para saberse entero uno tiene que dejar libre al corazón, si para volver a confiar uno tiene que olvidar su pasado, si para sentirse orgulloso uno tiene que hacer algo que lo valga. Son todos pedazos que si los junto no logran ser ni siquiera una parte de mí, porque a medida que todo siguió me fui desquebrajando, y estoy más perdido que nunca. Y nadie me toma de la mano para decirme que todo va a estar bien. Y probablemente la suelte. Porque ya no creo en nadie más, porque el día que quebraron mi confianza nadie pudo volver a ganársela. Porque desde entonces intento volver a sentir. Que sí, que alguien existe, que no es verdad que el mundo se me desarma en cada paso.
Vacío, desde que no logro dejar que alguien me cuide. Vacío, desde que cerré las persianas. Vacío por elección, por ingrato, por abstracto. El espejo dejó de mostrarme lo que no ven los ojos y ya no busco encontrarlo. Apago la luz y salgo a la calle, más desorientado que entonces. Sin nadie que lo vea. Uno más en la larga lista de desolados, de imberbes, de fracasos con pies. Un día cayó la inocencia y desde entonces todo me parece ruin, desalmado, lleno de mentira. Enojado con el mundo por ser tan despiadado. Un ausente en la lista de convocados.
Mañana me voy a despertar y a darle play al rutinario casette de todos los días. La gente hablará del clima, de los políticos, de la inseguridad, de plata, de títulos universitarios, de trabajo. Todos darán play inconscientemente, y nadie se quejará por los pocos verdaderos amigos, por el desaire de la persona que amás, por la falsedad de los buenos días a quien nos jode la vida, por no poder llorar en un hombro, por tener que hacerse un té sin que nadie se lo lleve a la cama. Y yo voy a mirarlos con tristeza, y sumarme a todas esas charlas.
Junto los papelitos que con suerte encuentro guardados en algún cajón, y todos me devuelven la misma figura, una foto rota en mitad de la sonrisa. En mitad de la mirada. En mitades, como un fiel reflejo de lo que siento al despertar. Ser una mitad, algo a medias, sin brillo ni contraste, sin largas carcajadas, sin vos.
Y sin fuerzas para cambiarlo.
Bueno. Ya basta. Apaga la computadora y haz algo constructivo. Como...