Un cristal que refleja tus pasos, el cigarro encendido a medio pitar, tu falta de puntualidad, tus mil maneras de excusarte terminando en una risa incontenible por mi cara de incredulidad. Y el abrazo que derrama paz. Nos sentamos, tomamos un café, reímos de unos chicos en la plaza, cantamos viejas canciones de amor, hacemos el ridículo. Y entre todas esas faltas, nos besamos el amor. Descuidado, marchito, olvidado. Sabemos que ahí queremos quedarnos, porque no entendemos cómo alguien podría no querer hacerlo.

Y el mozo que nos acerca la cuenta del décimo café que volvemos a repetir. No queda nadie en la ciudad, el Sol se despistó con la entrada de la Luna y todavía no amanece, es temprano. Pero tarde para no amarnos. Me decís que soñaste conmigo, e imaginamos las escenas que no pudiste recordar. Nos situamos tal vez en una Francia plagada de rosas, o en la mesa de la Casablanca en la que no fuimos los protagonistas, pero que aún así enamoraba con el piano de Sam. Yo te pedía que nunca te vayas de mi lado, y Humprey Bogart encendía otro cigarro envolviendo su llanto por la mujer que amaba.

Las horas pasaron, los besos quedaron, el perfume todo lo absorbió y recostado en el asiento de este colectivo me abrazo a tu recuerdo. Con el corazón ardiendo por Buenos Aires. ¿Cuándo te vuelvo a ver? Decime que ayer. O no, digamos en dos meses. Que no se consuma tan rápido el sabor. O devorémoslo de una vez para no quedarnos con medias tintas. Pero no te vayas de mi lado, no pienses en imposibles, no traduzcas los obstáculos en nuestros problemas. No me dejes por estar cansada de luchar.

Si vos lo intentaras, yo quedaría atado a tus pasos vayas donde vayas, y no me importa si el mundo está en contra. No me importa si piensan de vos algo que no sos. No me importa lo que pueda perder en el camino. Desde el día en que te vi hasta el día en que me muera, que mis ojos saben del milagro de encontrarte. Y no tiene sentido que mi vida se acomode si no formás parte de ella. No tiene sentido que la vida de nadie se construya si no hay amor en ella. ¿Con quién compartimos los logros, los fracasos, la desgana, la ilusión? ¿En quién depositamos nuestras armaduras para que nos cuiden? ¿A quién podemos mentirle sobre lo fuerte que somos?.

No te alejes ni un segundo, dejame que te cuide, y no dejes de cuidarme. Si vos sabés bien lo que lloro cuando pienso que te vas para no volver, lo que rezo a las religiones en las que no creo cuando siento que estás agotada. Lo mundano que soy cuando no puedo mostrarme con vos en ningún lugar. Lo ridículo, lo abstracto, lo infeliz. ¿No te das cuenta? Sos mi razón, y nada más. La palanca que le da un giro a este ser humano vacío antes de conocerte. De animarme a hablarte. Aunque luego hayas tenido que hablar vos.

Y yo no sé si creer en el destino, no sé si forma parte de algo que está escrito, no sé si tengo que encontrar el manual de instrucciones. Y no me interesa saberlo, porque la forma la encuentro cuando me decís hola. Cuando embobás a la ciudad con tu frescura. Cuando me escribís pequeñas cartas en servilletas. Cuando me mostrás el mundo que nunca quise conocer sin otros ojos que lo contemplen.

Dejame recordarte, una sola vez, hoy, por qué estoy escribiéndote. Por qué ya no estás. Por qué te fuiste. Por qué me siento matar. Por qué tuvo la vida que arrebatarme este pedazo de felicidad.

Por qué.

Quizás no haya respuesta factible, quizás nuevamente no la tenga que buscar.

¿Cuándo vuelven las mariposas a la panza?

¿La inocencia?

¿Todo esto es parte de crecer? Crecer es un bajón.

¿Nunca observaste a alguien sin que lo supiera? Un anciano sentado en el autobús, unos niños yendo a la escuela, o alguien esperando. Y de repente ves que algo los ilumina, y sabes que no tiene relación con nada externo porque eso no ha cambiado. Se vuelven más reales, cobran más vida.

Si miras a alguien el tiempo suficiente, terminas por descubrir su humanidad.

Ella lo miraba, adueñandose de sus silencios. El, inquieto, sonreía, y su hijo sonreía aún mas atravesando las calles con el colectivo repleto de gente. Pero las razones de ambos eran distintas, mientras que el chico se enamoraba de ver a otros jugar, él se enamoraba de los silencios robados por ella. Y ella no quitaba sus ojos de los de él. Y yo no quitaba los míos de ellos.

Porque me encanta percibir en el aire el encuentro de dos personas que se inquietan porque sienten cosas, porque intentan disimularlo, con el beso rápido al despedirse y ese nerviosismo patente en los pies de él al doblar la esquina. Ella tomando su celular y escribiendo quién sabe qué, tal vez confesandole a una amiga ese corto tramo de charlas, risas y adrenalina.

Me pregunto si se darán cuenta, si arroparán ese momento como el extraño que los miraba desde la fila de atrás. Ella, morocha de pelo ondulado con mirada fuerte que intimida. El, acomodando el pelo que le tapaba la cara por el viento, balanceándose nerviosamente ante las frenadas del transporte. Y el hijo absorto en la ventana que daba a la calle, sin dejar de sonreír.

¿Y ahora? ¿cual de los dos recuerda ese breve instante? ¿quién se quedó con las manos atadas por contener un abrazo? ¿quién selló los labios para no irrumpir en los del otro? ¿quedó algo del momento de magia que viví esta tarde?. Espero no haber quedado solo yo con el recuerdo, con las ganas, con la ilusión.

En ocasiones me parece que proyecto en las historias de los demás cosas que quisiera que pasen en la mía. Como hago con las películas, o con las canciones, o con los libros. Pedazos de sueños reales y otros no tanto que alguien imaginó, deseó y recreó en su inconsciente. En su falta de sensaciones. En lo aburrido de ser un ente al que nada lo afecta.

Yo no quiero que deje de afectarme, de ruborizarme, de volverme cursi. Quiero que los sueños tomen vida, se conviertan en historias reales que inspiren con realidad y no con falsa utopía. Quiero que valga la pena. Que no quede en un pasado que no fue, que no se tiña la noche de añoranzas guardadas en un cajón. Que no se derroche la oportunidad.

A ellos quizas los vuelva a encontrar en uno de los tantos viajes, y dejarme la certeza de que no soy el único al que el corazón la de un vuelco cuando unos ojos lo interceptan. Saber que hay gente que tiene ganas de sentir, de creer en la magia, de destilar fantasía, de probar si es posible. De desafiar al destino insolente que nos dicta cómo debe terminar.

Yo, por las dudas, llevo los sentidos a cuesta. No vaya a ser cosa que me encuentre distraído el porvenir.