Me pregunto si te darás cuenta, si una tarde cualquiera te atravesará la idea por la mente, dejándote perpleja y a la vez asintiendo como si siempre lo hubieras sabido. Me pregunto en qué quedarán las palabras que te dedico, si las recordás, si me recordás. O tal vez se las dediques a alguien más, traduciendo mis sentimientos en los tuyos, pero desviando el destinatario.

Y de a poco, acostumbrado, voy aceptando que las palabras no quedan en nadie. Tan solo en mi. Y está bien, porque las expulso de mi boca como una bocanada de aire puro, aunque se disuelva en ese efímero segundo. Quedan en mí en tal caso, y un poco en vos. Que sin notarlo te las llevás puestas a todos lados.

Quedará la historia inconclusa, sin haber empezado. Destiñendo caricias envueltas en consejos, besos enredados en silencios, abrazos concentrados en una tarde, mimos en enojos involuntarios. Tal vez la soledad me confunde y me atraviesa, tal vez me enamoro de los corazones dañados. Si eso se traduce en sanarlo un poco, que valga la ilusión quebrada entonces. Al menos que valga en vos.

Y si la vida se corrompe, que me avise. Que la estaré encaminando una y otra vez mientras me quede aire, mientras te lleve el viento, mientras te mece suave. Emulando mis caricias con las suyas, imitando su voz en mis poesías, irradiando los rincones de tu paz. De la mía.

Pero si acaso te quedaras conmigo, que no se ausente el destello. Que por una vez se encienda luminoso sobre las nubes de nuestro cielo, permitiendo que de a poco los dos escalemos el regreso. A lo que alguna vez creímos que podríamos tener, sin habérnoslo nunca dicho. Y quién te dice que ahora, en este instante, también confundas el destinatario. Como siempre lo has hecho. Como siempre lo planeé.