Difícil no mirar hacia atrás, aunque todos digan que hay que mirar el hoy. Difícil, porque en las cosas que pasaron hay gran parte de nuestra vida; no de una vida olvidada y transformada, sino de retazos que queremos conservar y en ocasiones olvidamos. Por eso ejercer la memoria del sentimiento no es señal de no querer continuar con lo que sigue, sino de reafirmar y no olvidar lo que seguimos siendo.

Me pasa con las fotos, con las cosas que escribí y me escribieron, con los recuerdos innatos que no están asentados en ningún lado más que en mi interior. Momentos en los que lloré y maldecí mientras me ilusionaba ciegamente por las cosas en las que creía.

Hoy estoy mas sabio, se supone. Mas seguro de mí mismo. Mas sensato. Sin embargo de tanto racionalizar y elegir me doy cuenta que a veces termino con más dudas que certezas. Porque en ese mecanismo de defensa que generamos a través de las experiencias, nos aseguramos el sufrir menos, pero también el arriesgar poco y nada. Y de hacerlo, teniendo claras las posibles consecuencias y los pasos a seguir.

Y eso no es tan lindo como lo recuerdo. El pasado se vuelve emocionante en comparación, aunque también cruel y despiadado. Pero qué querés que te diga, tiene su gusto. Su mística. Su propia red de sentimientos alejados de la lógica. Y en ese espacio minúsculo reside vida. Algo que a medida que vivimos cosas vamos dejando de lado, en pos de la tranquilidad mental, en pos de tener controlado nuestro espacio diario.

Y yo no quiero controlarlo tanto. Lucho conmigo mismo porque no pase, y por eso acudo a este espacio en mi memoria que es un empujón hacia ese principio activo de vida en el que nada era seguro, pero todo valía la pena. Como vale la pena lo que hoy hago, aunque dándole mil vueltas en la cabeza y consensuando con el psicólogo que es como un amarre seguro hacia algún puerto.

Por eso, aunque a veces lo olvidemos y tengamos miedo, no perdamos la capacidad de vibrar y arriesgarlo todo. Porque aunque creamos que podemos perder mucho, simplemente estamos viviendo, exprimiendo las cosas lindas que bailan alrededor nuestro todo el tiempo, pero que estamos tan cansados que no queremos ver.

Animémonos a lo que años atrás era algo incuestionable, a dejar que el cuore dicte los pasos, que la adrenalina nos corroa el cuerpo y que una sonrisa distraída nos devuelva la certeza de sentir.

Y, cómo no, de vivir.