Soy un pibe que creció idolatrando gente sencilla y humilde, que me inspirara. Y también soy el flaco que se la pasaba escuchando cantautores para tener algo interesante que decir. No sé si llegué a ser sencillo ni interesante, pero sin dudas que algo de eso todavía late en mí. Porque esos mismos principios que me rigieron siempre son los que me hacen sentir mal cuando algo o alguien me hace sentir que no los tengo.

Pero de un modo u otro, y mas allá de los bajones y subidas, me sigo emocionando cuando vuelvo a ver a esos artistas que llenaron mis días tiempo atrás. Puede ser nostalgia, melancolía, recordar lo que uno cree que sigue teniendo dentro, no sé. Pero lo que sea que signifique, tiene una clara consecuencia. Me siento humano, sencillo, y caigo en la cuenta de que la vida, complicadísima o no, depende mucho de cómo uno se la plantea.

Tiene sus problemas, muchos, pero detrás de todos ellos está uno con lo que es. Y está bueno recordarte con valores, simples, y fundamentales. Esos son los pilares que te permiten seguir o abandonar. Y nace una sonrisa en mi rostro cuando freno un minuto, miro a mi alrededor y noto que todo sobra, que lo vital está acá, en este espacio pequeño que se recorre desde mis pies hasta mi cabeza.