A veces hablo desde el dolor. Otras, desde la rabia. Y hoy, al fin, desde el corazón.
Y es que sentir que te pierdo ya no es lo más grave, lo que más me pone triste es anteponer mi felicidad a la tuya. Alguno me dirá que finalmente me valoro y me pongo por delante, pero lo cierto es que te amo tanto que aunque me desgarre el alma, tengo que dejarte ir. Porque ni vos vas a ser feliz quedándote ni yo reteniéndote. Y aunque me gustaría que lo veas y lo tengas claro, quizás la distancia pueda darte esa visión que hoy te falta o querés evitar ver.

Intenté darte todo lo que te hiciera sentir cálida y bienvenida, y tal vez por un tiempo pude hacerlo. Pero ese tiempo ya no está ni te alcanza. Y si tan sólo fuera eso, quizás habría manera de enmendar las cosas, pero va mucho más allá. Es la rutina que se nos hace imposible revertir, el ya no bailar un día cualquiera sin motivo, el no quedarnos horas charlando de cosas profundas o banalidades. El no mirarnos a los ojos más minutos que los que miramos el celular. El habernos perdido el rastro vos y yo.

Después, es matemática pura. No hay manera de que eso se solucione acá o allá, porque el contexto termina siendo lo de menos. Es sólo decorado. Como venimos decorando los días, los meses y las palabras. Nos perdimos, en algún momento entre allá o acá, no fuimos más dos sino cada uno mirando hacia dentro. Y somos tan idiotas que no supimos reaccionar a tiempo (o no quisimos, quién sabe).

Ahora sólo quedan heridas abiertas, charlas sin terminar, desganas en oferta. Y proyectos que de tan cercanos se deshacen.

La ciudad en tu ausencia seguirá creciendo,
devorando vidas, haciéndolas humo.
Otros cumplirán los planes que trazamos,
que no terminamos, haciéndolos suyos.

Tantas cosas seguirán pasando.
Menos nosotros.