Si al menos tuviéramos la capacidad de romper con los esquemas y abrazarnos al impulso de sentir, dejar de pensar tanto y robarle un beso atolondrado. Dejar sin pistas al pasado. Quizás las cosas serían distintas, habría más sonrisas en las calles y mucha menos resignación. Nadie se hundiría en la historia de un libro por querer inventar la propia, se apagarían los mp3 para escuchar su risa, se inundaría la ciudad de góndolas como en Venecia.

Y mientras tanto vos te cobijás tras tu castaño pelo escondiendo la mirada de mis ojos. Y yo la busco, incansable, recibiendo solo un desaire. Pero cuando bajo la mirada noto la tuya persiguiéndome, preguntando, queriendo renacer. Para quedar en absoluto silencio al cruzarlas.

Sonrío, como solo un idiota puede sonreír ante la vergüenza de hacer lo que los dos necesitamos, y cada uno seguirá su camino sin saber por qué no nos detuvimos ahí. Y me acordaré de tu imperfecta nariz, de tus pasos cortos y de tu pelo enredado en una hebilla. Mientras vos sentís el mismo momento desperdiciado camino a tu casa.

Me pregunto si aprenderemos alguna vez a quitarnos la coraza y dejarnos sorprender. Sin importar las miradas ajenas, los silencios incómodos y el miedo a fracasar. Sin tener en cuenta lo irreal que pueda sonar la anécdota, lo fantástica, lo espontánea. Perpetuando para siempre esa forma de mirarnos tan nuestra. Tan única. Y tan inacabada.