De todas las cosas que tengo para decirte, sólo alguna se me sale de la boca, casi inquietas por darse a conocer. Y el resto se inhiben, se retrotraen, se aguardan para un tiempo mejor. Lo que no saben es que el tiempo es ahora, que tus ojos me desdudan con facilidad irreverente, que aunque se oculten no hay manera de hacerse callar.

Yo, despistado, te observo fijamente. Y vos te enojás por seguirte los pasos.
Pero no te das cuenta que te sigo para no perderte, para que en un descuido no te me escapes de la vida. Para llevarte conmigo a todos lados. Vos me besás el cuello y yo lo escondo, con cosquillas y con miedos. Miedo a que se gasten los besos y los abrazos, a que un día te canses de dármelos. Y entonces me decanto por el después.

Y así pasan los días, los meses, los años. Vos dándome amor y yo estirándolo, vos apartándote y yo incitando. Como un juego enfermo que nadie comprende pero mi alma agradece. Los días de mi vida se hacen largos sin tu consciente desvergüenza, olvidando las razones y dejándote llevar. Mientras yo analizo cada detalle, como un Sherlock en su versión romántica de la vida. Siempre me gustaron las historias de Holmes, quizás por lo obsesivo, quizás por lo intrincado.

Y ahí te vas, meneando tus curvas desenfadadas y sonriéndome de lado. Y ahí me voy, con tus besos guardados en un bolsillo y tus suicidas cabellos envueltos en mi ropa. Estás conmigo a todas horas, aunque vos ni te enterás. Y por eso la vida es más linda, más apacible, más llena de razones y motivos.

Y por eso te espero, aunque no te me hayas ido nunca.