La vibración de tu estómago que no denota hambre, los ojos inquietos hacia un lado y el otro, fantaseando situaciones, queriendo programar los momentos improvisados, poniendo todo el enfoque en ese instante. Y cuando salís, y ves a la gente aplaudir y ser feliz por escuchar esas canciones que les gusta corear, te olvidás de todo.

Y te concentrás en disfrutar. En dejar fluír las energías y permitirte los errores, porque nadie se fija en eso más que algún crítico musical. No, la gente va a ser feliz, a dejar los problemas en esa noche y dejarse llevar por la felicidad que puedan tener las personas que están arriba del escenario.

Y nos pasa. Que somos amigos, que la música nos unió más de lo que ya estábamos. Y al tocar los primeros acordes, todos nos olvidamos de las preparaciones, de los ensayos y salimos a hacer lo que mejor nos sale. Disfrutar de la pasión que tenemos por la música y por los amigos. Y todo, absolutamente todo, fluye hacia el final del show que te pareció cortísimo. Que te dejó cansado como si hubieses trabajado 12 horas seguidas. Y todo porque la energía que ponés en ese rato, te consume hasta el punto de quedar completamente lleno de amor. Del bueno, del que nace un viernes cualquiera en el momento en que se apaga la luz y se enciende el Blues.

¡Qué linda la música carajo!.

Tocando en Las Grutas un año atrás, teloneando a Baglietto & Vitale :)

3 comentarios:

Lulú dijo...

Sos groso, querido. La pucha!

La Pitahaya dijo...

:D

Mica dijo...

Me alegro mucho de que cumplas esto, que supongo que es parte de un sueño, yo creo que hay cosas que son hermosas y que verdaderamente nos llenan el alma, espero que sigas con esto que me parece buenisimo! Un beso y muchas gracias por tu comentario.