Intenté no tener que sentarme acá. Hice de todo para distraerme, para que el día se pase así como así. Tocar la guitarra, leer un libro, salir al Sol. Pero nada de eso alcanzó, porque mi cabeza no paraba de teñirse de sensaciones. Y qué suerte que mañana tengo que ir a trabajar y no quedarme en casa, porque sino este fin de semana largo podría ser de los peores.

La angustia que tengo por dentro no me es nueva, no me sorprende, no me deja con la sensación de no saber qué va a pasar mañana si sigue. Pero me lastima, como si la sintiera por primera vez. Y no sé si es porque a veces creo que va a desaparecer o por el contrario, porque creo que no se irá nunca.

El frío que ya de por sí está haciendo, baja unos grados más en mi cuerpo. Y aunque el Sol está llenando de luz los rincones, yo no quiero visitarlo, porque no va a cambiar lo que estoy sintiendo. Solo lo voy a seguir sintiendo con el Sol en la cara. Y esa sensación es la que tengo día tras día, de que por más que yo me olvide de a ratos de estar mal, sigo estándolo. En el trabajo, en el colectivo, con amigos, a solas. Sigue doliéndome lo mismo pero mientras hago otras cosas. Nada cambia, nada se transforma.

Hay días o semanas en que quiero desaparecer del mundo, que nadie sepa que existo, que nadie me hable. Pero la vida sigue su ritmo frenético y el mundo no se detiene por más que yo lo necesite. Vos no te detenés por más que yo busque tu luz y tus palabras. Y tal vez lo que más tristeza me produce, es saber que no estás conmigo. Es sentir que dentro de poco todo va a ser un recuerdo en tu vida, y un dolor más en la mía. Otra herida, otro fracaso, otra derrota. Otra razón para no volver a intentarlo.

Sentir que vivo la vida con una irrefrenable tendencia a perder hace que me canse, pero sin llegar al límite. Porque ya no hay límite, no hay un punto en donde se pueda volver a empezar. Hace rato lo traspasé, y es un barril sin fondo todo lo que siga después. Una caída libre. Y nada, nada me sostiene en el aire. Yo me pregunto para qué sirve que lo escriba, que lo largue, que lo llore. Si todo sigue igual, y nada cambia por más que uno se desgarre el alma sintiendo.

Mi vida es un círculo vicioso de tristezas, de pasos mal dados, de rechazos, de vacío. Y ya no me sirve absolutamente de nada que algunas personas me digan que valgo, que merezco ser feliz, que yo puedo. No me sirve de nada porque no lo creo, y con el deseo de los demás tampoco va a cambiar algo. Sé que uno tiene que salir del pozo solo, ¿pero no existe alguna ayuda, algo que me haga sentir que sí, que puedo?. ¿Alguien a quien realmente le importe hacerme feliz?.

Me repiten todo el tiempo que la felicidad no es solo el amor, que es una parte. Pero yo creo que es la más importante. Y que sin esa parte todo lo demás se derrumba, pierde sentido. Y es por eso que yo lo perdí hace tiempo, porque cada vez que me volví a enamorar fui rechazado, o ignorado, o querido como amigo, o ridiculizado, o usado. Siempre salí mal parado, y aunque con el tiempo te dicen que sos una gran persona y que merecés eso que buscás, sinceramente no les creo. Es sencillamente una manera de hacer sentir bien al otro, porque no hay otra respuesta. No hay otro modo de mitigar el dolor.

Y me abracé a esas palabras muchas veces, queriendo creer que sí, que lo merezco. Pero ya no puedo mantener esa mentira, porque mi vida me demuestra que no es real. Que solo soy un gran amigo o un gran compañero o una gran persona, pero nunca un gran hombre. Y roza lo patético tener que escribirlo, y patética es la palabra que uso hoy para definirme, pero es la realidad. Seré siempre ese pibe bueno que mereció ser feliz. Y ahí quedará la definición de mi vida. Llena de palabras.

Esto no es vida, esto es una mierda.
Estoy harto de esta mierda.